
Por Aldo Antonio Farro Fernández
Una de las objeciones más comunes contra la doctrina católica sobre la Virgen María, repetida con frecuencia por protestantes y Testigos de Jehová, es la siguiente: «¿Cómo puede María ser la Madre de Dios si Dios es eterno? ¿Acaso puede el hijo ser anterior a la madre?»
La pregunta pretende socavar la coherencia de nuestra fe y nace de un malentendido fundamental sobre la Encarnación. Para responder con precisión, es necesario entender qué significa la maternidad divina de María y cómo se realiza el misterio de la Encarnación.
A simple vista, la objeción parece lógica: toda madre precede naturalmente a su hijo. Si llevamos esa lógica al misterio de la Encarnación sin más, surge la contradicción: ¿Cómo puede una creatura preceder al Creador?
Pero esta contradicción solo existe si confundimos dos órdenes distintos:
- El orden temporal-biológico: María efectivamente precede en el tiempo al nacimiento de Jesús.
- El orden ontológico-personal: La Persona encarnada es eternamente Dios.
No hay conflicto entre estas dos verdades cuando las entendemos correctamente. La respuesta es que hay una sola Persona con dos naturalezas: la divina y la humana. Jesucristo es una única Persona divina, el Verbo, el Hijo eterno del Padre; que asume la naturaleza humana en un momento de la historia. No deja de ser Dios, sino que toma carne verdadera sin abandonar su divinidad.
Por tanto, la precisión doctrinal es esta: María no es madre de la divinidad de Jesús (que es eterna), sino madre de la Persona que es verdadero Dios y verdadero hombre. Como esa Persona es divina, es enteramente correcto y necesario afirmar que María es Madre de Dios (Theotokos).
Lo que María engendró fue la naturaleza humana completa (cuerpo y alma) de quien es la Persona divina del Logos. De ella recibió la carne, la sangre, la humanidad. No engendró su divinidad, pero sí engendró a quien es Dios encarnado.
Errores antiguos
Cristo no es un hombre cualquiera que luego fue “adoptado” por Dios en un momento posterior. Desde el primer instante de su concepción en el seno de María, el Hijo eterno de Dios se hizo carne. Esa humanidad verdadera, completa, la recibió enteramente de María.
Negar esto conduce a errores condenados ya en los primeros concilios. El nestorianismo, por ejemplo, pretendía dividir a Cristo en dos personas distintas: una humana y otra divina, con lo que destruía el misterio de la Encarnación y, consiguientemente, la maternidad divina de María. El arrianismo, por su parte, negaba la verdadera divinidad de Jesús, reduciéndolo a una creatura elevada, lo que también haría imposible llamar a María Madre de Dios.
Ambas herejías, en direcciones opuestas, desembocaban en el mismo rechazo: niegan que María pueda ser verdaderamente Madre de Dios. Pero la fe cristiana, profesada desde los apóstoles, reconoce a Jesucristo como una sola Persona divina que asumió plenamente la naturaleza humana sin dejar de ser Dios. De esta verdad se sigue necesariamente que María es Madre de Dios. Por tanto, negar la maternidad divina de María conduce a negar: o bien la divinidad de Jesús, o bien su verdadera humanidad asumida, o bien que sea una única Persona.
La maternidad divina aclarada
Es importante insistir: la maternidad divina de María no significa que ella sea causa de la divinidad de Jesús, ni que preceda a Dios en ningún sentido ontológico. Significa que concibió, gestó y parió la naturaleza humana de quien es Dios hecho hombre. Ella no originó la Persona divina; el Verbo es eternamente Dios. Pero esa Persona eterna, en la plenitud de los tiempos, asumió su carne. Por eso Dios es eternamente Dios, y María es verdaderamente su madre, sin ninguna contradicción.
La solemnidad de esta verdad fue explícitamente definida en la Iglesia a través de los concilios ecuménicos. El Concilio de Nicea (325) condenó el arrianismo, afirmando que el Hijo es verdaderamente Dios, consustancial al Padre. Más adelante, el Concilio de Éfeso (431) defendió explícitamente la maternidad divina de María contra el nestorianismo: «Si alguno no confiesa que el Emmanuel es verdaderamente Dios y que, por lo tanto, la Santa Virgen es Madre de Dios, pues dio a luz según la carne al Verbo de Dios hecho carne, sea anatema.» (Canon 1)
Ambos concilios, en tiempos sucesivos, defienden la integridad del misterio cristiano contra herejías que, de una u otra forma, atacaban la verdadera divinidad y humanidad de Cristo, y con ello, la maternidad divina de María. Si Jesús es Dios, y María es su madre, entonces María es Madre de Dios. La lógica es inexorable una vez que aceptamos la Encarnación real.
Aceptar esto no disminuye nada en Dios. No es exaltar a una creatura por encima del Creador, sino reconocer que Dios quiso vincularse a la humanidad de la forma más radical posible: siendo engendrado de una mujer. Esa mujer, escogida desde la eternidad y preparada sin mancha, libremente respondió «fiat» al plan divino.
Por eso honrar a María es honrar la Encarnación misma, es afirmar con radicalidad que Dios se hizo verdaderamente hombre. Y como bien lo expresó San Luis María Grignion de Montfort: «¡Nunca se honra tanto a Jesucristo como cuando se honra a la Santísima Virgen! Efectivamente, si se la honra, es para honrar más perfectamente a Jesucristo y si vamos a Ella, es para encontrar el camino que nos lleve a la meta, que es Jesucristo.»
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