
Por Aldo Antonio Farro Fernández
Uno de los cuestionamientos más recurrentes hacia quienes somos católicos, especialmente por parte de cristianos protestantes, es nuestra relación con la Virgen María. Se nos acusa de idolatría, de ponerla al nivel de Dios, de rendirle culto indebido. Pero antes de responder con argumentos, conviene comprender la raíz profunda de nuestra fe: la Santísima Trinidad. Desde ese misterio brota todo lo demás, incluyendo la dignidad y el papel de María en la historia de la salvación.
Muchos protestantes sostienen que solo la Biblia es fuente de autoridad. Por tanto, respondamos desde la Escritura, con claridad y caridad, mostrando no una invención humana, sino la verdad revelada. No decimos que somos dueños de la verdad, sino que, por gracia, vivimos en la verdad que Cristo ha revelado y que la Iglesia ha custodiado.
La Santísima Trinidad es el misterio central de la fe cristiana: un solo Dios en tres Personas distintas: El Padre y el Hijo y el Espíritu Santo. No son tres dioses, sino un único Dios que subsiste en tres personas realmente distintas entre sí, no por naturaleza, sino por su Acto de Ser Personal.
La clave para comprender esta unidad en la distinción está en la relación. Como enseñó san Agustín, el Padre es quien engendra, el Hijo es el engendrado, y el Espíritu Santo es el Amor que procede del Padre y del Hijo. La Trinidad es una comunión perfecta de amor, no una soledad divina. Benedicto XVI lo expresó bellamente: «El Espíritu Santo es el abrazo eterno entre el Padre y el Hijo.»
A lo largo de la historia, algunos han intentado explicar la Trinidad con analogías materiales (como los tres estados del agua, o la luz y su reflejo). Aunque útiles, estas analogías son limitadas. Lo que define verdaderamente a la Trinidad no es una función ni una apariencia, sino una comunión de personas: el Padre que dona, el Hijo acepta el don del Padre, y el Espíritu Santo que es el don de amor.
Cada persona divina es plenamente Dios, no hay grados de divinidad ni jerarquías de poder. Como reza el Credo niceno-constantinopolitano: «Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, y que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria.» Esta verdad es fundamental: lo que hace una Persona, lo hacen las tres, pues hay un solo Acto Puro, una misma naturaleza, un solo Dios.
¿Y qué tiene que ver María con todo esto? Mucho. Porque María no se entiende aislada de la Trinidad. Fue elegida por el Padre y engendró al Hijo por obra del Espíritu Santo, cooperó libremente con el plan de Salvación de Dios. En ella, la Trinidad entera actuó: su maternidad divina no es un detalle devocional, sino una realidad teológica profunda.
Por eso la veneramos, no la adoramos; porque en Ella vemos lo que Dios puede hacer en una creatura que se abre por completo a su gracia. La honramos porque su vida entera está orientada hacia Cristo, y como dijo san Luis María Grignion de Montfort: «A Jesús por María.»
El misterio de la Trinidad y la Encarnación como fundamento del amor a María
Cuando Felipe le pidió a Jesús: «Muéstranos al Padre y eso nos basta», el Señor le respondió con firmeza: «¿Tanto tiempo hace que estoy con ustedes, y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14,9). Esta afirmación es una revelación directa del misterio más profundo del cristianismo. Jesucristo es la imagen visible del Dios invisible.
Jesús es el Verbo, es decir, la Palabra eterna de Dios. En Él, el Padre se piensa, se conoce y se expresa. Y del amor perfecto entre el Padre y el Hijo procede el Espíritu Santo, el Amor subsistente, la Persona-Amor, el vínculo eterno que une al Padre y al Hijo en una comunión perfecta. Así, la Trinidad no es un rompecabezas doctrinal, sino la revelación de un Dios que no es soledad, sino comunión, un Dios que es Familia.
Desde esta clave trinitaria podemos comprender también el misterio de la Encarnación. Dios, que ama al hombre desde el principio, no se quedó lejos. Lo vemos en toda la historia de la salvación: una y otra vez, Dios busca, llama, perdona, restablece la alianza. Y aunque el hombre rompe esa alianza con el pecado, Dios siempre vuelve y nunca se cansa de empezar de nuevo. Pero llegaría un momento en que no bastaría una alianza más. Haría falta una reconciliación definitiva, eterna, que no dependiera de la fidelidad del hombre, sino de la fidelidad de Dios. Por eso, Dios mismo se hizo hombre: se Encarnó.
Y al hacerse hombre, Dios no vino al mundo de forma abstracta o simbólica, no apareció como un adulto glorioso ni como un espíritu flotante, no quiso evitar nada de la condición humana. Nació como todos nosotros, en el seno de una familia, con una madre real, con un padre real, con un cuerpo real, en un tiempo y lugar concreto.
Aquí es donde aparece la figura luminosa de María. No fue un simple instrumento, fue elegida desde la eternidad, preparada por Dios para ser la madre del Redentor. Su maternidad no fue simbólica, fue real. Jesús no fingió ser hombre, lo fue en todo, menos en el pecado; y por tanto, necesitó una madre, y esa madre es María. Quien niega la maternidad divina de María, termina negando la verdadera humanidad de Cristo o su verdadera divinidad.
Esta verdad no es una invención medieval ni un dogma tardío. Desde los primeros siglos, los cristianos han reconocido a María como Madre de Dios. San Juan, el apóstol, tuvo discípulos; y uno de ellos fue San Policarpo, y uno de los discípulos de Policarpo fue San Ireneo de Lyon, obispo del siglo II. Ireneo ya hablaba de María como “la nueva Eva”, la mujer que con su fe reparó la desobediencia de la primera. En sus escritos, María es llamada “la siempre Virgen” y “llena de gracia”, y reconoce que su elección fue parte del plan eterno de salvación.
Todo esto ocurrió más de mil quinientos años antes de que surgiera la Reforma protestante. Durante quince siglos, la Iglesia universal reconoció, celebró y enseñó la grandeza de María. Recién en el siglo XVI, con Martín Lutero, surgieron doctrinas que comenzaron a rechazar lo que siempre se había creído. Y lo curioso es que el propio Lutero durante su vida también reconoció la virginidad perpetua de María y su papel único en la historia de la salvación. Solo más tarde, algunos de sus seguidores comenzaron a borrar toda referencia mariana, por reacción más que por convicción.
Entonces, ¿cómo entender que después de tantos siglos de fe viva, de santos, mártires, concilios y evangelización, alguien diga que todo fue un error? ¿Es razonable pensar que la Iglesia entera estuvo equivocada durante más de mil quinientos años, hasta que un grupo de reformadores “descubrió” una seudo verdad? Esa postura no solo es arrogante, sino insostenible.
Amar a María no es idolatría, es simplemente reconocer la obra de Dios en ella. Es mirar con gratitud a quien Dios eligió libremente para llevarnos al Salvador. María no compite con Cristo, María conduce a Cristo. Toda su vida, toda su misión, todo su ser está ordenado a Él. La honramos no por lo que ella hizo por sí misma, sino por lo que Dios hizo en ella. Y cuanto más amamos a María, más nos acercamos a Jesús, porque ella le ofreció al Señor su carne, su vida, su corazón.
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