
Por Aldo Antonio Farro Fernández
La fe auténtica no es arrogancia. No es ponerse por encima de los demás, juzgar o aplastar desde una supuesta superioridad moral. No se trata de ir por la vida declarando: «yo tengo la verdad, tú estás perdido». Eso no es luz, es soberbia disfrazada de celo.
Quien verdaderamente ha sido iluminado por Dios no se convierte en juez del prójimo, sino en su servidor. La luz que Dios enciende en el corazón no es para deslumbrar a los otros ni para dejar en evidencia sus sombras, sino para acompañar, guiar, corregir, para calentar con misericordia. Iluminar no es imponerse, es amar.
A veces, la luz que portamos no convencerá a todos. No siempre lograremos que los demás crean lo mismo que nosotros; pero aun así podemos irradiar luz con respeto y caridad. Porque amar al prójimo, y a quien piensa distinto o al que nos rechaza, es parte esencial del mensaje de Cristo. El enemigo no siempre es quien nos ataca: a veces es simplemente aquel con quien no coincidimos. Y también a él estamos llamados a amar.
Es importante mantenernos siempre abiertos al conocimiento. Santo Tomás de Aquino, por ejemplo (a quien se le reconoce como el más sabio entre los santos y el más santo entre los sabios), no dejó de corregirse, de profundizar, de elevar su pensamiento. Él mismo nos enseñaría a no quedarnos solo con lo que escribió, sino a seguir pensando, rezando, discerniendo.
Leer, reflexionar y enriquecer lo recibido forma parte de la madurez espiritual. La Sagrada Escritura está llena de episodios que reflejan esta tensión entre la luz y la sombra, entre el acierto y el error. En un mismo capítulo del Evangelio, Pedro pasa de ser proclamado por Jesús como «la piedra sobre la que edificaré mi Iglesia» a ser reprendido con las palabras más duras: «¡Apártate de mí, Satanás!». ¿Cómo se explica tal contraste?
La respuesta está en la humanidad de Pedro, que es la nuestra. Pedro es exaltado cuando confiesa a Cristo como el Mesías, pero cae en el error cuando, por miedo o afecto desordenado, pretende apartar a Jesús del camino de la cruz. Es decir, puede ser roca y escándalo en un mismo día. Y lo mismo nos ocurre a nosotros: podemos ser instrumentos de Dios en un momento y, sin darnos cuenta, obstáculos en el siguiente.
El Señor no se escandaliza de nuestra fragilidad: la abraza, cuenta con ella. Nos corrige con firmeza, sí, pero con amor; porque no busca discípulos perfectos, sino corazones dispuestos a seguirlo, a dejarse moldear. Y en esa docilidad, la fe madura, la luz crece y se vuelve capaz de iluminar verdaderamente.
Pedro es, quizás, uno de los apóstoles más cercanos a nuestra humanidad. Sus aciertos son tan grandes como sus errores, y eso lo hace profundamente real. Es el primero en confesar la divinidad de Jesús: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo», quien prometió fidelidad hasta la muerte, y quien terminó negándolo tres veces. Se atreve a caminar sobre las aguas, pero duda y se hunde.
Pareciera que los evangelistas no quisieran ahorrar detalles sobre sus caídas. No ocultan su fragilidad ni maquillan su historia. ¿Por qué? Porque el centro no es la impecabilidad de Pedro, sino la fidelidad de Dios. No se trata de glorificar al hombre, sino de mostrar cómo Dios actúa en la debilidad humana. Pedro es la piedra no porque nunca haya caído, sino porque aprendió a levantarse con humildad. Es roca no por su fuerza, sino porque Cristo lo sostuvo cuando dudó, lo perdonó cuando cayó, y le confió su Iglesia cuando volvió. Esto nos enseña que en el camino de la fe no hay santidad sin lucha, ni fidelidad sin conversión constante.
Cristo no escoge a Pedro por su perfección, sino por su corazón. Le muestra que su mayor fortaleza no será su carácter impulsivo, sino su capacidad de amar a pesar de sus límites. Pedro, después de negar al Maestro, llorará amargamente; y no se quedará en el llanto: volverá, confirmará a sus hermanos y entregará su vida. Así actúa Dios: no cancela a los que caen, los restaura para que sean testigos de su misericordia.
Salir de nosotros mismos
La humildad cristiana se fundamenta en la verdad: reconocernos tal como somos, sin disfraces ni rebajas. Humilde no es quien se menosprecia, sino quien sabe que todo lo ha recibido y, por tanto, nada puede atribuirse como propio. La humildad brota de un corazón agradecido, no de uno acomplejado.
Por eso, incluso la oración cambia cuando dejamos de centrarnos solo en nuestras peticiones para empezar a mirar a Dios, a agradecerle, a acompañarlo. A veces, el mejor acto de oración es simplemente estar junto al Señor, no solo para ser consolados, sino también para consolarlo. Acompañarlo por quienes no quieren acompañarlo, en su dolor por un mundo que le da la espalda. Sentarse ante el Santísimo y decirle: «Señor, no vengo a pedirte nada, solo quiero hacerte compañía, solo quiero estar contigo».
Ese olvido de sí es manifestación del amor verdadero y de una fe que no gira en torno al yo autosuficiente, sino que se abre a Dios. En ese gesto, el alma se purifica, se ordena. Este es el camino de Pedro, y también el nuestro: tropezamos, negamos, dudamos… pero si, como él, dejamos que Cristo nos mire con ternura y nos levante, entonces podremos escuchar también al Señor que nos dice: «Apacienta mis ovejas». Porque Dios no nos ama por lo que hacemos, sino por quienes somos: sus hijos, llamados a ser santos incluso en medio de nuestras miserias.
Durante un vuelo rumbo a Oslo, donde recibiría el Premio Nobel de la Paz, santa Teresa de Calcuta fue asaltada por una tentación interior. Pensamientos de vanagloria le susurraban: «¡Qué admirable eres!», «¡Mira todo lo que has logrado!», «¡Cuánto bien haces!». Eran frases que halagan, pero que en su origen no tienen luz. Ella discernió inmediatamente que aquella voz no venía de Dios, sino del tentador disfrazado de admiración. Su respuesta fue tan sencilla como profunda: se levantó del asiento y comenzó a limpiar los baños del avión. No lo hizo para llamar la atención, sino como un gesto íntimo de humildad y servicio. Era su forma concreta de decirle a Dios: «Nada es mío; todo lo hago por amor a Ti». Un acto externo para recordarse a sí misma que no estaba allí para recibir aplausos, sino para servir.
Este gesto nos deja una enseñanza fundamental: el antídoto contra la soberbia espiritual, esa que lleva al alma a creerse mejor que los demás, incluso en nombre de Dios; es buscar en todo dar la máxima gloria a Dios. No porque Dios pueda recibir una gloria máxima, sino porque somos nosotros buscando dar nuestro máximo esfuerzo siempre para glorificar a Dios: cada día luchar contra el pecado con todas nuestras fuerzas, trabajar por ser mejores hijos de una Padre que quiere vernos cada vez más santos.
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