Las desviaciones ante la verdad – Parte I

Por Aldo Antonio Farro Fernández

Quien se erige a sí mismo en fundamento no engendra un solo error, sino una familia entera. Uno de los miembros de esa familia es el inmanentismo: la decisión moderna de que la medida del conocer no sea la realidad, sino el sujeto que conoce. De ahí brotan tres movimientos distintos. El primero es de disolución: el relativismo diluye la verdad en el individuo; el culturalismo, en la cultura; el historicismo, en la época; la genealogía del poder la reduce al dominio; el pragmatismo la sustituye por el éxito; y el nihilismo la niega del todo. El segundo es de mutilación: el cientificismo no niega la verdad, pero la amputa hasta dejar solo como válido lo que puede medirse. El tercero es la deformación: frente al racionalismo, que exige a la fe rendir cuentas ante el tribunal de una razón autosuficiente, reacciona el fideísmo, que renuncia a la razón; y su forma militante, el fundamentalismo, que convierte la verdad en arma.

Conviene ver el conjunto antes de recorrerlo, porque el error moderno rara vez se presenta tal como es: se presenta como tolerancia, como sensibilidad histórica, como rigor científico, como celo por la fe, como progreso. Y todos ellos, tal como san Juan Pablo II los enumeró uno a uno en Fides et ratio: eclecticismo, historicismo, cientificismo, pragmatismo, nihilismo; coinciden en que ninguno puede sostenerse sin apoyarse secretamente en aquello que niega.

El inmanentismo

Antes de examinar cada desviación conviene nombrar su origen común, porque de otro modo parecerían accidentes dispersos y son, en realidad, ramas de un mismo tronco.

El realismo clásico entendió la verdad como la adecuación del entendimiento con lo real. La medida está fuera; el entendimiento es medido, no medidor. Tres desplazamientos sucesivos invirtieron esa relación. Primero el nominalismo de Guillermo de Ockham negó las naturalezas universales: si no hay esencias, no hay verdad sobre las cosas, sino solo nombres que agrupamos por conveniencia; y si no hay una naturaleza humana, tampoco habrá después una verdad sobre el hombre que pueda limitar su voluntad. Después Descartes hizo del sujeto pensante el único punto firme: ya no se parte de lo que hay, sino de lo que pienso, y el mundo queda pendiente de una garantía interior. Finalmente Kant consumó el giro: los objetos se rigen por las condiciones del sujeto, y de la realidad en sí misma nada podemos saber. Desde ese momento, la inteligencia ya no recibe: constituye.

Todo lo demás se sigue con lógica implacable. Si la mente no se mide por lo real, la verdad tendrá que medirse por algo interior al sujeto: por su opinión (relativismo), por su cultura (culturalismo), por su época (historicismo), por sus sentimientos (emotivismo), por sus intereses (genealogía del poder), por su eficacia (pragmatismo) o por lo que sus instrumentos pueden registrar (cientificismo). Y cuando se advierte que ninguno de esos sustitutos sostiene el peso, aparece el nihilismo, que no es una posición más, sino la factura de todas las anteriores.

Leonardo Polo describió con precisión el nudo de esa deriva: la filosofía moderna quedó fijada en el límite mental, es decir, en la presencia del objeto ante la conciencia, y confundió esa presencia con el ser. Detenerse en el objeto pensado y tomarlo por lo real es exactamente el gesto que engendra el idealismo, y con él todas las formas de inmanencia. La salida no es voluntarista ni consiste en repetir con más energía que la verdad existe: consiste en no absolutizar la presencia mental, en advertir que el pensamiento no agota el ser y que el ser es anterior al pensar.

El relativismo

El relativismo sostiene que no hay verdad universal, sino tantas «verdades» como sujetos. Su refutación es interna: la tesis «toda verdad es relativa» se enuncia como verdad universal y absoluta; si es verdadera, es falsa. El relativista exige para su propia afirmación el estatuto que niega a todas las demás.

Aquí suele intentarse una escapatoria: «también mi tesis es relativa». Pero esa retirada no salva la posición, la disuelve. Si la afirmación del relativista vale solo para él, entonces no me interpela, no me obliga a nada y no me da razón alguna para abandonar la mía; ha dejado de ser un argumento para convertirse en una confidencia. El relativista consecuente se autotrivializa; el inconsecuente se autorrefuta.

La experiencia lo desmiente además a cada paso, pues reconocemos verdades que no dependen de opinión alguna: las certezas matemáticas, la existencia del Sol, la malicia del asesinato. Y su forma popular no es hoy una tesis filosófica, sino un giro sentimental: «esa es tu verdad», «yo siento que…», «vive tu verdad». Ese emotivismo traslada el juicio del entendimiento al sentimiento, y con ello convierte toda discusión ética en un choque de preferencias donde, no habiendo fundamentos, solo puede vencer quien grite más fuerte o disponga de más poder. Su versión digital es la posverdad: verdadero pasa a ser lo plausible, lo viral, lo que confirma la pertenencia al propio grupo; no se examina si algo es verdad, sino de qué lado está quien lo dice.

El relativismo es inocuo en materia de gustos personales, pero cuando se aplica a la esclavitud, a la tortura o a la dignidad de la persona, la indiferencia se vuelve complicidad: al negar un criterio que trascienda al individuo se socavan a la vez el diálogo, la justicia y el conocimiento mismo. Por eso el entonces cardenal Joseph Ratzinger pudo hablar, en abril de 2005, de una «dictadura del relativismo» que no reconoce nada como definitivo y deja como última medida el propio yo y sus deseos.

El culturalismo

El culturalismo traslada el relativismo del individuo a la cultura: verdadero sería lo que cada cultura considera como tal. Se presenta como respeto, y por eso desarma; conviene por ello responderle sin apelar todavía a premisas que el interlocutor no comparte, con tres argumentos que se sostienen por sí solos.

El primero es el de la persona. Las culturas no conocen: conocen las personas. Atribuir a la cultura la titularidad de la verdad es convertir en persona lo que es un conjunto de hábitos, lenguas y obras compartidas. El acto de entender es siempre de alguien, y su término es la cosa entendida, no la cultura en que ese alguien nació. La cultura da el idioma en que se dice que el fuego quema; no hace que el fuego queme.

El segundo es el del reformador. Toda cultura ha cambiado desde dentro, y no siempre por moda: en ocasiones ha reconocido explícitamente haber estado equivocada. La abolición de la esclavitud no fue un cambio de gusto colectivo, sino la aceptación de una verdad que antes se negaba. Ahora bien, si el criterio de verdad fuese intracultural, el reformador sería por definición un traidor, nunca un profeta, y el arrepentimiento cultural sería un sinsentido gramatical. El hecho de que las culturas veneren después a quienes las contradijeron prueba que reconocen una medida que las excede.

El tercero es el del diálogo. El culturalista habla sobre todas las culturas sin situarse en ninguna: pretende ocupar precisamente el punto de vista universal cuya existencia declara imposible. Y si tuviera razón, el diálogo intercultural sería imposible por falta de medida común: no habría traducción, ni aprendizaje, ni corrección mutua, solo yuxtaposición de mundos incomunicados.

Se objetará que juzgar el canibalismo es «imponer la propia cultura». No lo es: no se juzga desde una cultura, sino desde la naturaleza humana que Dios nos ha dado y que la víctima invoca cuando grita. Quien pide auxilio no apela a una convención local, sino a algo que espera que su verdugo también reconozca. El falso respeto que calla ante el mal padecido por otro no dignifica a nadie: deshumaniza, porque convierte al que sufre en un cosa sin valor.

Solo desde aquí cabe afirmar que la cultura es expresión del hombre y, por tanto, posterior a él; la verdad, en cambio, es anterior al hombre, y su fundamento último es Dios. Lo posterior no puede fundar lo anterior. Por eso la cultura debe fundarse en la verdad y no al revés: solo así une y dignifica, en lugar de encerrar.

Aplicado a la religión, este relativismo sugiere que todas las confesiones son igualmente verdaderas. Pero la Iglesia ha precisado el punto con cuidado: la única Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia católica, lo cual no impide reconocer que fuera de sus límites visibles se encuentran verdaderos elementos de santificación y de verdad (Unitatis redintegratio). Reconocer esos elementos es justicia; confundirlos con la plenitud es confusión. Es exactamente lo que la declaración Dominus Iesus (2000) salió a defender frente al relativismo religioso: si Cristo se encarnó realmente y fundó realmente una Iglesia, la seriedad de esa misión excluye que todas las propuestas religiosas sean equivalentes. Afirmarlo no es intolerancia, sino coherencia; negarlo no es humildad, sino desinterés y desprecio por lo que Dios ha obrado.

Estos errores de pensamiento están sembrando discordia en el mundo entero. En el próximo post seguiremos dialogando sobre más errores.

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