Dios, fundamento de la verdad

Por Aldo Antonio Farro Fernández

Si la verdad se funda en el ser y todo ser creado se funda en Dios, Dios es el fundamento de la verdad. Dios conoció eternamente lo que iba a crear, lo quiso libremente y lo hizo existir según el orden dispuesto por su sabiduría: las cosas son verdaderas, en primer lugar, por su conformidad con el intelecto divino. El ejemplo del artesano lo ilustra. Un violín es «verdadero» en la medida en que realiza la idea que el luthier concibió: maderas, tensiones y proporciones ordenadas al fin de cantar; si suena sordo o se agrieta al primer arco, decae de esa idea y es menos verdadero como violín. Más aún: llamamos «falso» a un Stradivarius de imitación aunque exista, se toque y hasta suene bien, porque no procede de la mente del maestro cuya firma ostenta. Ahora bien, la analogía exige una precisión que la libra de todo relativismo: en el artefacto la medida es la mente de un hombre porque un hombre es su autor; de las naturalezas, en cambio, ningún hombre es autor, y por eso ninguna opinión humana las mide. Cuando decimos «amigo verdadero» no queremos decir «conforme a mi idea de amigo» (habría entonces tantos amigos verdaderos como ideas que cada persona se hace de amistad), sino conforme a lo que la amistad es: una medida que ningún hombre inventó y que todos reconocemos, aunque nunca la hayamos formulado, al padecer una traición.

La verdad de cada cosa se mide por su conformidad con la idea de su autor: la del violín, con la del luthier; la del hombre, la amistad o el mundo, con la idea creadora de Dios, único autor de las naturalezas, ante las cuales nuestra inteligencia no mide: es medida. Y como hay un solo Dios, hay una sola verdad; mejor dicho, Dios no solo tiene la verdad: es la Verdad, la Verdad eterna, de la que toda verdad creada participa. De aquí que el hombre no crea la verdad: la descubre; ni siquiera la inteligencia artificial es excepción, pues solo explicita conexiones latentes en los datos acumulados en las fuentes de datos con que se la alimenta.

Esta es la verdad más radical que la verdad lógica del juicio: cada cosa es verdadera en sí misma cuando es fielmente lo que su naturaleza pide ser, antes de que nadie la piense. Y del ser así considerado se predican, por el solo hecho de existir, los trascendentales metafísicos: unidad (cada ente es uno, no dividido en sí), verdad (es inteligible), bien (es perfectivo y apetecible) y belleza (su verdad y bondad resplandecen). Los trascendentales son convertibles: no son adornos añadidos, sino aspectos del mismo ser, como los destellos distintos de un único diamante. Donde hay ser hay unidad; donde hay unidad, verdad; donde hay verdad, bondad y algún fulgor de belleza. Se implican mutuamente y admiten grados: un acto de bondad heroica deja ver la verdad y la belleza de lo humano con más fulgor que una acción rutinaria, porque está reflejando la bondad de Dios, su Creador; es decir, se está comportando conforme al diseño divino. Su importancia no es especulativa: si las cosas no fueran unas y verdaderas, no serían cognoscibles; si no fueran verdaderas, no podrían ser realmente buenas, lo que solo aparenta bien es un falso bien que desvía la voluntad. Sin verdad ni bondad no habría belleza que despierte el deseo de plenitud; y sin la estabilidad que da la unidad, ni siquiera la ciencia sería posible, pues esta se apoya en la regularidad del universo. Los trascendentales son las condiciones para que el mundo sea inteligible, amable y habitable.

Ahora bien, estos trascendentales metafísicos describen el ser en cuanto tal, y por eso convienen a todo el universo creado. Pero el ser personal no es simplemente una cosa creada, no un «ser» más arrojado el universo: Leonardo Polo ha mostrado que el acto de ser personal exige una ampliación trascendental. Mientras el ser del universo persiste como principio, la persona no solo persiste en la existencia, sino que co-existe: su intimidad no está cerrada en sí misma, sino que permanece siempre abierta a la relación y al crecimiento, es un ser que ningún inventario de lo que posee o hace agota. De ahí los trascendentales personales: la co-existencia, que amplía la unidad (la persona no es un ser solitario, sino intimidad abierta a los demás, es ser-con-otros); la libertad trascendental, que no es solo una propiedad de la voluntad que le permite elegir entre opciones, sino el carácter del propio acto de ser personal que lo mantiene abierto a la coexistencia; el conocer personal o intelecto agente, que es la luz que amplía la verdad; y el amar personal (dar, aceptar, don), que amplía la bondad. Estos trascendentales son constitutivos del ser personal, y si faltase alguno, no sería persona. Por eso, toda persona está llamada a conocer, coexistir libremente y amar.

Si la persona co-existe libremente conociendo y amando, la consecuencia para nuestro tema es decisiva: las cosas realizan su verdad por necesidad de naturaleza (el violín no puede negarse a sonar), pero la persona está llamada a realizar la suya libremente. Su conformidad con la idea creadora de Dios no es la del artefacto con su diseño, sino la del hijo con el Padre: correspondencia, respuesta, aceptación de un don. Por eso solo la persona puede fracasar en su verdad: pecar es, en el fondo, preferir la mentira sobre uno mismo. Y por eso su verdad plena no es algo, sino Alguien: cada persona es un quién irreductible, destinado a co-existir con Dios, y solo en ese encuentro sabe del todo quién es. Y a co-existir también con el prójimo, porque es en el vínculo con el prójimo donde se revela el grado de vinculación con Dios: todo buen hijo sabe ser buen hermano, todo buen hermano sabe ser buen hijo.

Esta es la lógica de san Pablo: «Vivo yo, pero no soy yo: es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20). Aquí se ilumina la triple afirmación de Jesús: es el Camino, porque nos mostró con su ejemplo el modelo de filiación con el Padre; es la Verdad, porque es el Ser eterno en quien toda realidad se funda; es la Vida, porque nos redime del pecado y nos comunica la vida de la gracia. Vivir en Cristo es saber vivir. Quien, en cambio, rehúsa fundarse en Dios no queda sin fundamento: se erige a sí mismo como su propio fundamento, y de esa suplantación nacen muchas deformaciones que veremos en una próxima publicación.

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