¿Cada quien tiene «su verdad»?

Por Aldo Antonio Farro Fernández

Usamos la palabra «verdad» rutinariamente, pero si nos preguntamos por su significado, puede pasarnos que no sepamos definirla con claridad. El desafío contemporáneo más extendido es la idea de que cada quien tiene «su verdad»: lo verdadero para mí no tendría por qué serlo para ti. Conviene comenzar con una distinción que desactiva la mitad del problema: existen juicios cuyo objeto es la propia experiencia subjetiva: «tengo frío», «este sabor de helado me parece delicioso»; y en ellos la diversidad no genera contradicción alguna, porque cada juicio se refiere a un sujeto distinto. El relativismo no yerra al reconocer esta esfera; yerra al extenderla a todo juicio.

Las cosas cambian cuando el objeto del juicio es la realidad misma. Si yo afirmo que Dios existe y otro lo niega, no pueden ser verdaderas ambas posturas a la vez y bajo el mismo aspecto: una se ajusta a la realidad y la otra no. Dos ejemplos extremos lo ilustran. Si una persona cree sinceramente ser un caballo, ¿es tolerancia dejarlo instalado en su error porque lo ha adoptado como «su verdad»? Y si un sediento está a punto de beber cloro convencido de que es agua, ¿respetaríamos «su verdad» o intervendríamos? La conclusión es clara: la verdad no es indiferente ni maleable al deseo u opinión; en las cuestiones fundamentales, descubrirla y vivir conforme a ella puede marcar la diferencia entre el bien y la destrucción. Por eso, preguntarnos por qué Jesús dijo «Yo soy la Verdad» (Jn 14,6) más que un esfuerzo académico, es un esfuerzo vital.

Aletheia, doxa y episteme

Los griegos usaban el vocablo aletheia para referirse a la verdad. Esta palabra significa des-velamiento, poner al descubierto lo que las cosas son. Es una primera aproximación valiosa al significado de la verdad, pero insuficiente: al hombre no le basta constatar que algo es; quiere saber por qué es y para qué es. Basta observar a un niño, que pasa sin descanso del «¿qué es esto?» al «¿y por qué es así?». Aristóteles lo formuló al inicio de la Metafísica: «Todos los hombres desean por naturaleza saber». El hombre es, por constitución, buscador de la verdad, y no se conforma con lo evidente: quiere llegar al fundamento.

Como el saber admite grados, Platón distinguió entre doxa y episteme: la mera opinión y el conocimiento fundado. Quien anuncia lluvia porque la soñó opina (doxa), aunque acierte; el meteorólogo que la predice tras analizar presión, humedad y patrones atmosféricos conoce (episteme), porque puede dar razón de su juicio. La mitología que atribuía las mareas al humor de Poseidón era doxa; la explicación por la atracción lunar y la rotación terrestre es episteme. Análogamente, en la vida de fe estamos llamados a pasar de la creencia meramente heredada a un conocimiento profundo de lo que creemos: «No busco comprender para creer, sino que creo para comprender» (San Anselmo).

La verdad como adecuación: prioridad del ser sobre el conocer

Santo Tomás de Aquino define la verdad como la adecuación del entendimiento con la realidad, lo cual significa que no es la realidad la que debe amoldarse a nuestras ideas, sino nuestras ideas las que deben amoldarse a la realidad. Esto es lo que diferencia radicalmente la ideología de la verdad, pues la ideología constantemente busca que la realidad se acomode a las idas que se hace de ella, y cuando no se acomoda, suele manipular la realidad para evitar cambiar de opinión; es decir, suele mentir. La mentira es fruto de nuestra soberbia intelectual.

El hombre puede conocer la verdad por dos razones convergentes: su inteligencia está hecha para captar lo real, y lo real es inteligible. De esta definición se siguen tres consecuencias decisivas. Primera: una afirmación es verdadera cuando lo que se dice corresponde con lo que es; la elocuencia, la belleza retórica o la fuerza emotiva de un discurso no le añaden un gramo de verdad. Este fue el vicio de los sofistas, que Sócrates, Platón y Aristóteles denunciaron, y que hoy reaparece cuando la emoción, el consenso o la conveniencia pretenden sustituir a la realidad. Ya lo vemos en los líderes que atraen masas por la elocuencia de sus discursos más que por la verdad de sus argumentos, o los movimientos ideológicos que apelan a la sensiblería para manipular conciencias. Segunda: la realidad no se ajusta a nuestros deseos; son nuestras ideas las que deben ajustarse a la realidad. Esta es la esencia de la objetividad, y exige humildad intelectual: no se trata de «tener razón», sino de dejarse corregir por lo real. Tercera: el ser es anterior al conocer. Las cosas no son verdaderas porque las conozcamos; las conocemos precisamente porque son. De ahí que sea un grave error reducir lo verdadero a lo conocido: una especie marina descubierta ayer a mil quinientos metros de profundidad existía antes de ser hallada; el descubrimiento no le añade ser, solo nos añade conocimiento a nosotros.

Esto no niega que existan verdades contingentes, dependientes de condiciones particulares, ni de experiencia subjetiva. Reconocerlas no anula las verdades universales y absolutas que trascienden al individuo y a la cultura: la dignidad intrínseca de toda persona, la malicia objetiva del aborto y la eutanasia. Distinguir estos planos es condición para crecer en conocimiento.

La riqueza del ser: esencia y acto de ser, acto y potencia

Si la verdad se funda en el ser, hay que contemplar la hondura del ser. La tradición tomista distingue en todo ser creado la esencia, lo que algo es; y el acto de ser (esse), el hecho de que efectivamente exista, la «fuente» que lo mantiene en la existencia. La esencia sin acto de ser es un proyecto no construido; el acto de ser sin limitación esencial solo puede atribuirse a Dios. Por eso santo Tomás llama al esse «acto de todos los actos y perfección de todas las perfecciones».

En lo creado, el acto de ser se recibe limitado por la esencia: hay composición de acto y potencia. La potencia es lo que algo puede llegar a ser; el acto, lo ya realizado: la semilla es árbol en potencia, la madera es mueble en potencia bajo las manos del carpintero, y nosotros mismos actualizamos potencias al aprender, al crecer en virtud. Solo Dios es Acto Puro, sin potencia, porque nada le falta. De aquí brotan dos verdades capitales: todo lo creado podría no haber sido y no se explica a sí mismo y, por tanto, la razón se ve conducida a un Ser necesario que da y conserva el ser a su creación continuamente, pues la creación no es una intervención puntual del pasado sino un sostener permanente. Además, como el ser se recibe en grados proporcionados a cada esencia, el término «grados de ser» se dice del ángel, del hombre, del animal y de la materia de modo análogo: ni unívoco ni equívoco. Solo Dios es el Ser absoluto por ser el Origen de todo, por tanto, el Ser supremo por excelencia. Y la creación, al ser originada por Dios, es jerárquica, introduce niveles, grados de ser. Esta analogía explica la variedad jerárquica del universo sin caer en el relativismo, y advierte contra la confusión de niveles que hoy, por ejemplo, pretende afirmar que un animal está al mismo nivel que el hombre.

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