Creer sin ver: La fe más allá de la razón

Muchos, como Santo Tomás apóstol, se resisten a creer si no han visto. Su frase sigue resonando a lo largo de los siglos: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, no creeré» (Jn 20,25). Solo cuando Jesús, en su infinita misericordia, se deja ver y tocar, Tomás reconoce lo que antes no comprendía y exclama: «Señor mío y Dios mío».

Esta actitud permanece vigente hoy, pues también hay quienes dicen: «No puedo creer en Dios porque no lo entiendo», mientras otros afirman lo contrario: «Creo precisamente porque no lo entiendo completamente». Ambas posturas encierran una gran inquietud: ¿es razonable creer en aquello que nos sobrepasa?

La respuesta requiere humildad, ya que si el hombre pudiera comprender plenamente a Dios, ese «dios» sería una construcción de su mente, no el Dios verdadero. Lo divino, por esencia, trasciende nuestra capacidad de comprensión total, y sin embargo, esa trascendencia no lo vuelve inaccesible. Por el contrario, Dios ha querido revelarse. No puede ser contenido por nuestro intelecto, pero sí puede ser conocido, acogido y amado por nosotros.

Incluso desde la sola razón, podemos alcanzar verdades fundamentales. Una de ellas es que solo puede haber un único Dios, pues si existieran varios, uno debería ser necesariamente superior al otro, y por ende el inferior ya no sería Dios. Pensar en un único Dios, sin embargo, no significa que Dios sea un ser solitario. Precisamente por su ser Amor, es comprensible pensar a Dios no como una mónada, sino como al menos dos Personas en relación eterna. Ver a Dios como un ser solitario sería pensar en un Dios disminuido, pues no hay amor verdadero sin alteridad, sin el encuentro y la donación entre dos. Un Dios incapaz de amar interpersonalmente sería un Dios incompleto. Así, la unidad de Dios no contradice la multiplicidad de Personas que la revelación cristiana manifesta.

Pero la razón también reconoce sus límites. El misterio de Dios solo se conoce plenamente por revelación y se acoge por amor. Por ello, para acercarnos al misterio divino, no basta con quedarnos en lo medible, en lo puramente observable. Es necesario abrirnos a aquello que la razón, por sí sola, no puede alcanzar, y dejarnos guiar con confianza por la fe. Es importante recordar que la fe no se posee como se posee un objeto; no es algo que simplemente se tiene, sino un don recibido que exige ser cuidado, cultivado y administrado con responsabilidad. Solo así puede crecer y madurar, pues la fe eleva nuestro ser el cual se expresa en nuestro hacer. Por eso decimos que la fe nos cambia la vida. Creer en Dios y amarlo cambia nuestro modo de pensar, de actuar, de ver a los demás y lo que nos rodea, nos empuja a ser mejores hijos, hermanos, ciudadanos.

Entonces, Dios no puede ser comprendido plenamente, pero sí se deja encontrar por quien lo busca con corazón sincero. Él no se deja encerrar en fórmulas, pero se manifiesta a quien se abre con humildad y deseo de verdad. Por eso, con la razón vemos a Dios como una verdad; con la voluntad lo queremos como un bien; pero con estas dos facultades no nos adentramos en Él. Hace falta abrirle nuestro corazón por completo, aquel espacio íntimo donde realmente somos, para relacionarnos íntimamente con Él y podemos ser uno con Él.

Reducir sin reduccionismos

En el pensamiento profundo y en el análisis de la realidad, es fundamental distinguir entre reducir y caer en el reduccionismo. Reducir no es negativo en sí mismo. Significa tomar una realidad compleja, amplia o difícil de abarcar y centrarse temporalmente en una parte de ella para comprenderla mejor, paso a paso. Es un método legítimo, muchas veces necesario para avanzar hacia una comprensión más profunda.

Pero otra cosa muy distinta es el reduccionismo. El reduccionismo es un error filosófico y práctico que consiste en confundir una parte con el todo, como si un solo aspecto de la realidad explicara su totalidad. Es, en el fondo, una simplificación engañosa que empobrece nuestra visión del ser humano, del mundo y de Dios.

Un ejemplo claro es la intención de algunos de reducir al ser humano únicamente a lo visible, a lo medible o a lo útil, cayendo en un reduccionismo que pretende explicar lo complejo desde una sola dimensión, absolutizando una parte como si fuera el todo. El ser humano no se agota en lo material; somos mucho más que materia, somos espíritu encarnado, hechos para el infinito. Negar esta dimensión profunda es negarnos a nosotros mismos. Como advierte Joseph Ratzinger: «Reducir lo humano a una sola de sus dimensiones significa destruirlo. El hombre no puede comprenderse plenamente sin referirse a lo que lo transciende».

Durante la pandemia se redujo toda la vida humana a la salud física. Se dijo: «Lo más importante es la salud». Y sí, la salud es importante, pero el ser humano no es solo salud. Se desconoció la dimensión psicológica y espiritual. Se ignoró el daño que sufrieron los niños encerrados, el aumento de la agresividad, la soledad, la ansiedad, la necesidad de sentido. También se dejaron de atender otras enfermedades graves. Todo giró en torno a una sola dimensión del ser humano y a una sola enfermedad: eso es reduccionismo.

Otro ejemplo es decir que la crisis económica de un país se debe únicamente a la corrupción política. Claro, la corrupción existe y daña, pero ese no es el único factor que explica la pobreza en un país. Hay problemas de educación, adicciones, violencia, decisiones personales mal tomadas. El problema es más complejo, por lo que reducirlo a una sola causa es injusto y equivocado.

Ahora bien, reducir puede ser útil si se hace con orden y humildad. Si tengo un problema económico, puedo dividirlo en partes para comprender mejor su causa: gastos, ingresos, deudas, prioridades, y abordarlo paso a paso. Se reduce metódicamente sin reducir la realidad.

Esto se aplica también en la psicología. Un terapeuta puede empezar abordando una herida de la infancia como punto de entrada a la sanación. Lo cual no significa caer en un reduccionismo, sino ser estratégico. El reduccionismo sería afirmar que todas las heridas del alma se explican únicamente por traumas infantiles, negando así otras dimensiones del sufrimiento humano, como la espiritual. El hombre no se reduce tampoco a pura psicología, pues también tiene cuerpo. En la actualidad, la psicología se ha puesto de moda, y se pretende reducir los problemas humanos a su dimensión psicológica, como si la complejidad del hombre se pudiera comprender únicamente desde esa dimensión.

El amor como entrega total

Este error ocurre también cuando se trata del amor. Muchos reducen el amor a una mera decisión de la voluntad. Amar implica voluntad, pero no es solo un acto voluntario. El amor auténtico compromete todo el ser: inteligencia, voluntad, afectos. El amor no es un fragmento del alma. Como afirmaba Leonardo Polo: «Amar es más que querer, es entregar el ser personal, no solo una facultad.» Entonces, amar es entregarse plenamente. Esta realidad no se limita al amor conyugal, pues también se ama así a un padre, a un amigo, a un hermano. Cada relación tiene su modo de cultivarse, pero en todas es posible un nosotros real y profundo, si hay entrega auténtica.

Esta verdad del amor es clave para comprender a Dios. Dios no nos ha creado por necesidad, sino porque Él es Amor (1 Jn 4,8). No se trata de preguntar: «¿Por qué Dios me ama?», como si hubiera una causa externa que lo motivara o como si pudiera no amar. El amor no se explica como una fórmula o como relación de oposición. Dios ama porque es Amor, y nos ha creado para participar de ese Amor eterno.

Se dice que del amor al odio hay solo un paso. Y en parte es cierto, pues el amor profundo se sostiene en la confianza, y cuando esta se quiebra, la relación se debilita. La mentira, la traición o la infidelidad dañan la confianza, y con ello, el amor se corrompe. Aunque haya perdón, quien ha sido herido suele entregarse con reservas, puede establecer barreras, limitar su donación. Y entonces desaparece la paz interior, esa que solo el amor verdadero puede custodiar.

El amor auténtico, por tanto, no puede reducirse a un sentimiento ni a una resolución: es entrega del ser personal en su totalidad. Da paz genuina, no genera desconfianza, no agita ni divide. Cuando amar significa salir de sí mismo, donarse sin reservas, acoger y ser acogido, entonces brota la comunión verdadera: ese vínculo donde las personas se reconocen y se custodian mutuamente en el ser.

Este es nuestro llamado: vivir íntegramente. No dividido entre lo que creemos y lo que hacemos, entre lo que pensamos y lo que sentimos, entre lo que damos y lo que guardamos. Cada momento es una oportunidad para salir nosotros mismos, para abrirnos al misterio, para amar sin cálculo. Porque cuando entregamos nuestro ser completo, entonces participamos del Amor infinito de Dios que sostiene toda la existencia.

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